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SLEN DER MAN:

Parece como un mal sueño que no termina nunca. Y cuando digo mal sueño no me refiero a una cuestión pesadillesca, sino a esos momentos en los que todo parece que sale mal y uno simplemente quiere que ya terminen

Slender Man no es una slasher movie ni una película de terror convencional ni nada por el estilo. Es una cinta que intenta convertirse en el hito terrorífico de la era del YouTube tal y como El aro (1998) logró serlo del VHS. Pero se queda muy, pero muy, corta.

La exploración de los dispositivos en los que vemos o guardamos imágenes en movimiento ha dado pie a filmes que exploran nuestros miedos a la vez que cuestiones socioculturales sin que los elementos sobrenaturales o fantásticos que los acompañan pierdan verosimilitud.

Tal fue el caso de Juegos diabólicos (1982) o Videodrome (1983) con sus críticas a la televisión, o de eXistenZ (1999) y su estupenda mirada a los videojuegos. Y es que la película dirigida por el francés Sylvain White, un tipo con amplia experiencia en la dirección de series de temáticas diversas, tiene elementos poco eficaces en la construcción de su narrativa.

Además de que lejos de hacer un comentario (positivo, negativo o de alguna índole) sobre los efectos de la viralización en su acepción en la era de las redes sociales, se monta en un caso muy sonado en Estados Unidos, que empezó como un meme en 2009 y que siguió con la condena de dos adolescentes a un tratamiento psiquiátrico por 40 años. La película, escrita por David Birke sobre un personaje atribuido a Victor Surge, se ubica en una pequeña comunidad entre un bosque.

Ahí, cuatro amigas, aburridas del pueblo donde viven, un día deciden ver un video en línea sobre el Slender Man del título, una figura fantasmagórica sin rostro que parece un árbol y también un Hueco de Miss Peregrine, siguiendo una especie de reglas para invocarlo con el afán de que las lleve a ese lugar especial al que quieren ir. Pronto, cual un Freddy Krueger en ambientes propios de El aro, o un Candyman invocado irresponsablemente, el espíritu –que lo mismo tiene una fuente de alimentación sobrenatural que tecnológica (por lo que lo consideran una fuente de energía bioeléctrica)– persigue una a una a las chicas.

Y resulta que es indestructible e insaciable. Pero lejos de que el mar de referencias funcione, acaba por acentuar lo ilógico del guion que termina por dar miedo pero no por razones propias del género, sino por todo aquello que provoca humor de forma involuntaria. Las escenas de alucinaciones, como aquella de la biblioteca, o el ruido como de cables en corto circuito que suena cada vez que el monstruo aparece, son acaso meros intentos por darle a la cinta una apariencia de filme de horror.

De lo poco rescatable de Slender Man son las actuaciones de Joey King como Wren y de Julia Goldani Telles como Hallie, que logran destacarse a pesar de la flacidez del argumento. La soledad de las adolescentes, el alcoholismo, la falta de vigilancia y atención, las desapariciones, etcétera, son elementos de relleno, al igual que la falta de respuestas sobre dónde van a parar las chicas. Lejos de intrigar deja una sensación de vacío, que es lo que realmente es Slender Man: una historia vacía que no llega ni va a ninguna parte.

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