En las garras del demonio

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Al llegar el carnaval, todo el pueblo se paraliza, son tres días de diversión. En él algunos de sus participantes lucen trajes para representar diferentes personajes como brujas, vampiros, gorilas y otros animales y seres de la historia y la fantasía popular; con los cuales buscan ocultar su propia identidad y mantenerse incognitos ante los demás asistentes.

La mayor diversión para los disfrazados consiste en pasar la noche sin ser descubiertos, mientras otros tratan de desenmascararlos.

– Hijo no quiero que vayas a las fiestas, tú tienes problemas con el alcohol, y esas fiestas son tu perdición.

– Madre – respondió Pablo-, será solo este día, quiero estar en el baile de disfraces y divertirme un rato.

Una vez que llegó al pueblo en las primeras horas de la noche, se dirigió a un bar donde consumió cierta cantidad de licor, para según él, tomar impulso y poder disfrutar mejor de las fiestas. Se dirigió a una mesa y pidió una botella de licor, la cual destapó inmediatamente y bebió los primeros tragos, pero detuvo la acción cuando la observó en otra mesa cercana, destinada a las damas.

Estaba sola y lucía un vestido de “diablo” en su versión femenina, es decir sin barba y con unos cuernos más pequeños que los del traje masculino; así como la longitud de la cola.

– Hola señora “diabla”, -saludo Pablo, ¿Quieres acompañarme y compartir mi mesa?

Nos divertiremos un rato – agregó.

-Claro que si con mucho gusto-, respondió la aludida.

Inmediatamente tomó asiento en la mesa a la cual la invitara Pablo, aceptando el vaso de licor que éste amablemente le ofrecía.

– A su salud señora “diabla” – dijo jocosamente Pablo-, alzando el vaso de licor y chocándolo en el aire con el de su invitada.

– A su salud señor, – dijo ella-, disculpe ¿Cuál es su nombre?

– Me llamo Pablo, y estoy dispuesto a atenderla como Ud. se lo merece.

– Tienes un brillo especial en los ojos, dijo a su compañera, viendo como una lucecita roja asomaba en su mirada.

– Siento tus manos muy calientes, -dijo Pablo. Debe ser algún aditamento para simular el calor del infierno, me haces sentir acalorado -agregó.

– ¿Quieres ir afuera y tomar el aire fresco? –preguntó ella.

– Si -respondió rápidamente Pablo-, Aparte del calor que sentía, era la oportunidad de estar a solas e intentar una nueva conquista, pensó para sí.

Luego de cancelar la cuenta de lo consumido se dirigieron tomados de la mano a la salida del local, y fue allí donde al intentar Pablo guardar el dinero en su billetera algo cayó de ella produciendo un sonido metálico al golpear el empedrado piso.

– ¿Qué fue eso? Le preguntó ella al escuchar aquel sonido.

Se agachó y tomó en su mano aquel crucifijo de oro que su madre le regalara en su niñez, el cual resplandecía a la luz de la luna.

¡Aghgggggh! ¡Aghggggh!

Se produjo un gran tornado tras la carrera emprendida por aquella mujer que portaba aquel disfraz y que huyó velozmente del lugar, mientras sus pezuñas chispeaban al golpear el empedrado de la calle y una estela de humo con olor a azufre cubrió por unos instantes el lugar.

– ¡Oh Dios! -pronunció Pablo cayendo de rodillas y haciendo la señal de la cruz en su frente, mientras guardaba el crucifijo en el bolsillo de su billetera.

Luego de beber un largo trago de licor para calmar los nervios se dirigió al sitio donde había dejado su caballo y tomó el camino de regreso a casa, a donde llegó aún con la oscuridad de la madrugada. Se encerró en su habitación de donde solo salió horas más tarde vistiendo una camisa de manga larga con la cual ocultaba unas ampollas en sus brazos, que tardaron varios días en desaparecer.

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