El conjuro 2:

La monja es un disfrute y un alivio. Lo es si llegas a ella por casualidad. Y lo es, sobre todo, si te gusta el cine de terror y tu mirada sobre él no es ni selectiva ni snob.

Este spinoff de la franquicia abierta con Expediente Waren: The Conjuring (2013), dedicado a la monja que se escapaba del lienzo en una de las mejores escenas de la magnífica Expe – diente Warren:

El caso Enfield (2016; segunda parte de la saga), es un disfrute de distintas maneras.

Lo es como tren de la bruja, como combinado de referentes poco recordados por el cine de terror contemporáneo y como hermosa pesadilla visual (a ratos extrañamente abstracta). El guion de La monja es sencillo, los sustos son clásicos y los recursos para espantar (sobre todo la utilización de efectos de sonido) son convencionales.

Pero no es cuestión de rutina o de pereza. Corin Hardy (The Hallow) se revela seguro con su jugue – te de terror, no tiene el complejo de inferioridad de los directores que creen que deben llevar el terror a una dimensión más insigne para destacar. No busca la originalidad, sino la eficacia.

Y La monja es eficaz y, por honesta y sin complejos, accidentalmente sofisticada. Funciona como macabra atracción de feria, con sus terrores detrás de la puerta, su iconografía perturbadora (el uso de la iconografía religiosa es extraordinario), sus gritos en la oreja y el aire congelado en la nuca– y sus apariciones inesperadas de personajes escalofriantes. Igual no se ajusta al patrón estético y a las corrientes temáticas del terror comercial contemporáneo (aunque hay cierta confusión ahí, porque ese patrón es bastante más flexible que en otras épocas), pero su maquinaria funciona tan bien que ni expulsa al no iniciado ni exige demasiada complicidad.

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